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Dir.: William Friedkin. 2003.
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Primer Festival de cine “independiente” americano
I Actualmente la independencia se resume y restringe a un estado supletorio y subsidiario de la nueva Babilonia, a una colonia de la meca, cuya función estriba en liberarla de la gran responsabilidad, el compromiso y el cargo de producir películas medianamente serias para el público adulto contemporáneo. En esta división del trabajo, los grandes estudios se concentran en el usufructo de las franquicias, mientras pequeñas empresas y pequeños empresarios asumen el riesgo de invertir en el drama y en la tragedia, asegurando sus intereses en las mejores entidades financieras de la industria: vales, golden boys, fetiches y títulos garantizados, abonados y certificados contra quiebras y ruinas. Después de efectuar el encargo, los independientes competirán entre sí en Festivales de arte, farándula y ensayo; en pequeños laboratorios culturales donde se probará y premiará la efectividad de un film autoral para comunicarse con el público y el jurado. Los derechos de los ganadores y de los favoritos sentimentales serán finalmente adquiridos por las cinco grandes. Los perdedores probarán suerte en el circuito alternativo. II Festival de cine ¿independiente?, cuéntame una de Collin Powell ante el Consejo de Seguridad de La O.N.U. Dependiente es la palabra mágica. Dependiente de Universal Studios, de la cara bonita de Dennis Quaid, de la sonrisa de Drew Barrymore, de las veinte mil cirugías de Julia Roberts, del latin lover Javier Bardem, de las monomanías de John Malcovich y George Clooney, de la materia vista de Kevin Klyne, de los catorce millones de Lejos del Cielo, de la Embajada de Estados Unidos, y del concurso de los traficantes de patrañas y desatinos, quienes nos han vendido el gran disparate de un Festival de cine independiente compuesto por operas primas de guapos y apoyados, por vitrinas del histrionismo laureado y nominado de Glenn Close, y por películas de autor con el presupuesto de la serie “b” más acaudalada y educada por el “buen gusto” de la factura Miramax. En otras palabras, nada que ver con las locuras a precios de ganga que hacía Roger Corman con un puñado de dólares y un par de monstruos de goma, o con las lisérgicas y modestas road movies de Dennis Hopper, o con las osadías de Kenneth Anger, o con los marginales y tremebundos docudramas de Paul Morrisey, o con los experimentos neorrealistas de Cassavetes, o con los ensayos underground de los hermanos Mekas, o con la cumbre del trash que fue John Waters en su buena época de Baltimore, o con los poemas visuales de Maya Deren, o con las desvergonzadas reflexiones de Russ Meyer sobre la guerra de los sexos,o con los vengadores tóxicos de la Troma, o con las pringosas y desahuciadas alegorías de Abel Ferrara, o con las nausebundas matanzas de Tobe Hopper y George Romero, o con la negrura y el nihilismo del Orson Welles desterrado de los grandes estudios y relegado a la verdadera y segregada condición de cineasta independiente. Pero tampoco nos hagamos ilusiones con estos renegados de la historia del cine, pues la independencia creativa es insostenible como concepto, como definición y como mito. Para empezar, como dice Regis Debray, se depende de una información, de una tecnología de mediación, de un lenguaje audiovisual con limitaciones de orden estético, de un conjunto de contraseñas para comunicar, y de un sin fin de eventualidades, a cual más aleatoria y catastrófica. Recuerden Lost in La Mancha de Terry Gilliam y El Quijote de Welles. Antes de seguir, revisen estas palabras de Jason Silverman: El negocio de la cinematografía independiente es duro, aún en Estados Unidos. De las más de 1000 películas independientes que se realizan cada año, sólo un puñado logra llegar a los cines. Posteriormente, en orden de importancia, el producto final se supedita a las leyes del mercado, a los criterios del marketing, a los cánones de distribución global, a los preceptos de exhibición, a las clasificaciones de la censura, a los imprevistos dictámenes del consumidor, a la sentencia lapidaria de la taquilla y al veredicto de los Festivales clase “A”, “B” y “C”. En suma, la independencia no existe más que en la mente de quienes la promocionan y auspician, según una serie de cláusulas, formalidades y escrúpulos. Aquí por ejemplo, en el marco del Festival, se ha decidido identificar al cine indie con esa filmografía pobre pero honrada, necesitada pero pretenciosa que busca hacerse un lugar en el corazón del público anglo, mediante la restitución de los preceptos del Hollywood clásico, mediante la formalización de la informalidad y de lo que ayer fue espontáneo, mediante la socorrida fórmula de short cuts, mediante la sistematización del caos y mediante la obligación de la apostilla moral. A propósito, los títulos de la muestra denotan cuál fue el espíritu independiente del Festival:
De igual modo, los carteles de las películas se desprenden de cualquier ambigüedad, de cualquier abstracción, de cualquier anomalía compositiva, para privilegiar el convencionalismo del primer plano, del close up dedicado a esas “figuras que no necesitan presentación”. Todo parece reducirse a un cuarto de espejos en el que se miran y admiran los “insiders” del Actor's Studio, hiperventilados por una ráfaga de pedantería y un aire de supremacía moral, que los hace sentir diferentes al resto, y que los lleva a constituir una identidad en oposición a las reglas del juego meanstream, pero sin prescindir de fichas técnicas de postín, de las sucursales de las “majors” o de un plantel creativo incosteable para cualquier outsider. Un verdadero dream team congrega George Clonney en Confesiones de una Mente Peligrosa, film laureado en Berlín, escrito por Charlie Kaufman en su momento estelar, protagonizado por un Sam Rockwell en el mejor papel de su carrera, secundado por Julia Roberts, y coronado por dos cameos millonarios, el de Brad Pitt y el de Matt Demon. Miramax corre con los gastos de promoción. La película repasa la esquizofrenia recurrente en la obra de Charlie Kaufman, desde Beign John Malcovich hasta El Ladrón de Orquídeas, deconstruyendo la doble personalidad de Chuck Barris, un productor televisivo de día y sicario nocturno de la CIA, que anda tras la huella de la redención, ante la inminencia de la derrota. Fusionando el docudrama y el film noir, Clooney relata una fúnebre reflexión sobre el fracaso, que guarda parentescos con el Scorsese de Toro Salvaje, y que supone un respetable debut cinematográfico, aun cuando no se ajuste a las características que el embajador Charles S. Shapiro delimita para el cine independiente: “bajos presupuestos, actores generalmente desconocidos, sin efectos especiales, y poca promoción”(1).Vista así, la independencia se reduce a un asunto de recursos, a la aritmética de más por menos, a la economía de un subdesarollo autosustentable, austero y ahorrador. En el mismo saco de Confessions of a Dangerous Mind, podemos incluir a Full Frontal, Senderos de Sangre, Lecciones de Honor y Lejos del Cielo, largometrajes que con sus altos y bajos superan el estándar de la cartelera nacional, contando con caras de renombre, gente dorada, presupuestos generosos para sus pretensiones conceptuales, más una estimable publicidad. Las dos hermanas pobretonas de la selección, El Último Baile y Vidas en Común, se dan el lujo de posar frente a Glenn Close y a un largo etecera de iconos indie. Fuera de ello, lo que no tienen para exhibir y derrochar en grandes aspavientos, lo administran con el criterio del inversor cortoplacista, o con la prevención del que apuesta todo a ganador en film markets. Ni hablar del cortometraje latino realizado por Venezolanos, The Groom, saldado como una “carta de presentación” a los estudios, del tipo “soy bilingüe, me gusta Hitchock, puedo filmar un final inesperado, soy proactivo con la cámara y también sé actuar, hago de todo por el mismo precio y por el mismo salario”. Palabras más, palabras menos, el epitafio que faltaba para terminar de sepultar al Festival independiente en la fosa común de los fraudes culturales del año. A modo de epilogo, presentamos una lista con los grandes ausentes del evento:
-Sergio Monsalve
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Legalmente Rubia 2
Dir.: Charles Herman Wurmfeld. 2003. Desde Mr. Smith Goes to Washington, aquella película que cinceló la efigie mítica de Jimmy Stewart, se ha decretado como subgénero del cine de jurisconsultos, el testimonio melodramático del abogado advenedizo que le propina una lección moral a los magistrados de la corte, amparándose en las tablas del derecho, con el único propósito de comprobar “que la buena fe, la verdadera conciencia democrática, se impone a las intrigas de los políticos profesionales y que el sistema americano es abierto y permite la integración de cualquier ciudadano que lo desee; el sistema hace prevalecer la justicia y permite que la voz del pueblo llegue a las más altas esferas políticas”(1). Mr. Smith Goes To Washington es también un título emblemático de la historia norteamericana, porque refleja “la política que siguen las grandes productoras durante la etapa del New Deal : producir un cine que exalta los valores democráticos y la importancia fundamental que en la sociedad se atribuye al individuo. Se pretende demostrar el apoyo de la cinematografía al ideario político social de Roosevelt, pero al propio tiempo que se efectúa una denuncia intrascendente de determinadas situaciones y personajes, se propone como solución ideal el conformismo y el respeto a las instituciones vigentes”(1). La película de Capra, por último, configura para la posteridad el arquetipo del subgénero : el Mesías o el intruso benefactor, definido por Xavier Pérez como el héroe redentor de la mitología audiovisual. Con un interlocutor, una razón y un imaginario, el subgénero del novel jurisconsulto se ha constituido en una ley de Hollywood, y como tal, se ha prestado a múltiples y variadas interpretaciones autorales. Las más ajustadas al cuerpo de la letra muerta se cuentan como arroz. Las menos articuladas al orden constitucional se enumeran con la mano izquierda, pero se saldan con la derecha. Hace un par de años, por ejemplo, Michael Moore dirige un documental con un pollo gigante que viaja hasta Washington para conseguir un fallo judicial en contra de un antipático empresario avícola. Si bien el Superchicken saca a relucir el estiércol del capitolio, logra su cometido al obtener una sentencia favorable a su causa, legitimando así los valores de la democracia representativa, y corroborando que más allá de las argucias legislativas y de los políticos nefastos, siempre se “impone la voz y el voto del pueblo”. Ahora cambiemos el Pollo por una rubia legal y derecha, sumemos una estética sardónicamente kistch a lo Pink Flamingos pero sin el Mondo Trasho de John Waters, demos por descontado el veredicto de Frank Capra, agreguemos la comicidad ligera de Warner Channel, introduzcamos una enmienda constitucional en contra de la explotación canina, sumemos un sermón edificante medio en serio medio en broma, y obtendremos como resultado la secuela de Legally Blonde. El autor intelectual de este revoltijo cinematográfico es un experto en comedias light con olor a teen spirit y a independent spirit award, muy del gusto de la bohemia afincada en Sundace. El público snob adora sus películas porque hablan del amor con un cierto desenfado culturalmente correcto, que no elude el comentario puritano, y que adula nuestra buena conciencia, reafirmando el estilo de vida de ricos y famosos a través de la estética del telefilm. Antes de hacer un antisitcom, como Tod Sollodz en Felicidad, Charles Herman Wurmfeld asimila los del estándares de producción broadcast, para realizar largometrajes en serie con el sello de Felicity. El más reciente de ellos refrenda lo dicho hasta ahora, y anticipa lo que queda por decir sobre este director y sobre esta franquicia de Barbies altruistas como Lady Di o Amelie. La filantropía de la tercera mujer en la era del crepúsculo del deber.
-Sergio Monsalve |
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